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La leyenda de Mariam y el Príncipe de los Pegasos

  • 26 ene 2020
  • 2 Min. de lectura

Pegaso


Autor: Yavhe Alexander


Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, vivía en los bosques de un lejano país un hermoso pegado blanco. Su cuerpo era el de un precioso caballo del color de la nieve, con poderosas patas y una hermosa crin que resplandecía como lo rayos del sol. Pero sin duda alguna, eran sus dos grandes alas blancas las que lo hacían verse magnífico, sobre todo en cuanto echaba a volar por los hermosos cielos de aquel lejano país. Su nombre era París, y era el Príncipe de los Pegasos.


Pero sucedía que París se encontraba solo en aquellos inmensos bosques. Hace mucho tiempo, sus compañeros fueron cazados y atrapados por los malvados hombres de la ciudad, que buscaban de hacerse con fama y fortuna. Por suerte, París había escapado de sus flechas y sus redes, pero con el tiempo comenzó a sentirse triste y solitario.


Entre los pegasos existía una hermosa leyenda: Cuando sólo quedara un pegaso y este se encontrara solitario, una bella e inocente princesa aparecería y ambos volarían juntos al país de las hadas, donde nacen todos los pegasos. París, que creía firmemente en aquella leyenda, no deseaba abandonar aún los bosques, puesto que creía que en algún momento aquella hermosa princesa aparecería.


Mientras París esperaba a su princesa, una pequeña joven de nombre Mariam se encontraba llorando cerca del bosque donde el pegado vivía. Mariam era hija de unos humildes campesinos. Su madre había muerto hacía tiempo y su padre, en ocasiones furioso y triste porque la cosecha se estropeaba o no lograban venderla toda, se enojaba con Mariam y le decía duras palabras. Esa tarde fue una de tantas en las que Mariam escapaba de los injustos reclamos de su padre. Ella hacía todo lo que podía, pero para su padre nunca parecía suficiente.


Fueron las lágrimas y los sollozos de la pequeña los que llamaron la atención de París. Los pegasos podían saber qué persona era pura y cuál no, con tan solo verla y oírla. Y al oír el llanto de la inocente Mariam, París supo que su princesa finalmente había llegado.


El pegaso aparecía frente a la pequeña dulcemente. Mariam, al verlo, pensó que estaba soñando, puesto que nunca había visto algo tan hermoso.

- ¿Quien eres? - le preguntó Mariam al pegaso.

- Soy París, el Príncipe de los Pegasos, y te he estado esperando - contestó.


Mariam sólo sonrió y sin saber muy bien por qué, se montó en el lomo de su nuevo amigo. París abrió sus enormes alas y emprendió el vuelo. Ambos estaban muy contentos y se perdieron en el horizonte, volando rumbo al hermoso país de las hadas.

 
 
 

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